martes, 23 de diciembre de 2014

LUZGARDO PRECIADO

          Mientras Luzgardo tocaba "Para Elisa" en el piano, sus hermanas: Maria Jesús y Charo danzaban cadenciosamente en medio del vetusto salón de techos altos, arañas de luz y muebles con aromas de otras épocas. Por las ventanas se colaba una tamizada luz de primavera y sólo faltaban los tules y zapatillas clásicas de danza para que aquella atmósfera tuviese los mismos registros y ecos del pintor francés Degas.
     Aquel escenario era una de sus querencias; pertenecía a la casa de su adorada abuela. También aquello conformó la primera visión y sensaciones que tuve de Luzgardo y sus hermanas.

     La hilarante vitalidad que desprendía era como una llama electrizante. Como buen Leo, el fuego parecía inundar su aura, y su locuacidad verbal era una catarata incontenible; donde al igual que en los buenos vinos, habian recuerdos florales, vestígios de fruta fresca, hierbas, vainilla o madera tostada. En él, los recuerdos de Nefertitis, Leonardo, Isis, Verrochio, Buda, la mitología griega con todos sus dioses y demás pléyade. El mundo oriental y su simbología, Egipto y sus faraones, el exotismo de sus liturgias, todo ello servía para los condimentos de la obra pictórica de Luzgardo.
     El desaparecido "Liang-Sang-Poo" era uno de sus "parnasos" particulares. Allí pasaba horas, dibujando o escribiendo, -mientras tomaba un sorbito de té-.Donde fuera siempre le acompañaban sus lápices, rotuladores y cuadernillos. Luzgardo no entendía  de tiempos muertos, espacios en blanco; todo en él era febril creatividad. Hijo de un ilustre poeta: Tomás Preciado y una madre: Rosario, que siempre respaldó y respetó su talento. Vivió apasionadamente la vida, su vida particular, y siempre teñida de trazos y colores que le hacían viajar a otros confines: sus mundos soñados, donde él ejercía de sumo sacerdote en exotéricas liturgias donde se fusionaban siglos de historia y arte.
La última vez que le vi, fue en su tierra, Hellín. Eran las fiestas patronales y lo hallé en el interior de una caseta estilo andaluz. Su hermano mayor: Tomás, se marcaba unas "sevillanas" y Luzgardo quedaba al fondo, sentado junto a una mesa; nada más atisbarlo me dirigí a él, nos dimos un abrazo; -habían transcurrido muchos años sin vernos-. Le presenté a una amiga, marchante de arte catalana; la cuál me acompañaba. Le hablé con entusiasmo de la obra de Preciado y después de una charla con él, quedamos en regresar otro día para visitar su      estudio; pero no pudo ser, mi amiga hubo de regresar antes del tiempo programado....  
Lo que sí quedó grabado en uno, fue la imagen de Luzgardo; que evidentemente no se parecía en nada al pletórico Luzgardo que yo había conocido. El sortilegio de sus palabras ya no figuraba entre sus encantos, ni su mirada desprendía la luz reverberante de otros tiempos; y aunque todavía pintaba, parecía que sus ilusiones tenían matices otoñales. La vida le había recubierto con un espeso barniz de melancolía, el magnetismo del ayer había desaparecido.
Luzgardo Preciado fue un torbellino, una rémora escapada del Renacimiento italiano para instalarse en el siglo XX. Aunque muchos no le entendieran. Raramente la sociedad suele comprender a los genios; y Luzgardo lo era.
Quedarán cientos y cientos de dibujos, su imprecisa caligrafía en multitud de escritos, más su mirada elocuente y ensoñadora se diluyó para siempre en los amaneceres y crepúsculos de Hellín, tal vez de Chinchilla o en su viejo estudio mientras suena una melodía de Sally Olfield, quién sabe............
Giovanni R. Tortosa
     Fotografías de Maria Jesús y Luzgardo Preciado.                            
              

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