martes, 30 de septiembre de 2008

"NARIZOTAS"




Cuenta la leyenda, que allá por el año 1400, en pleno reinado de Enrique III de Trastámara, apodado "el doliente" y Catalina de Lancaster, casados por imperativo real, intereses de estado, -como ahora se diría-, convocaban una macro-fiesta, con el motivo de inaugurar un convento, pagado por la propia reina, y que a la sazón estaría situado en lo que hoy es calle Real. La peregrinación fué masiva, acudiendo gentes de cercanias, extrarradios, inclusive de "más allá de los mares", como el caso de Edgerton Driscol, un ciudadano, amigo de la reina, y del condado de Lancaster, como ella. Fué tál la seducción y el embrujo, que la ciudad del acueducto produjo en el galés, que no solamente no retornó a su tierra, sino que instaló un negocio de hosteleria, y que fué todo un éxito, entre el pueblo llano, como la nobleza, todos acudian a degustar las exquisiteces de la época, en la entonces llamada "Lar del galés", una taberna-mesón de su tiempo......
Hoy, el vetusto maderamen que apuntala los techos, así como las paredes de rugosa piedra, tanto en su interior, como en la fachada, nos hablan de un pasado henchido de añeja historia, recubierto por la pátina del misterio, de una vida intemporal estirada en el propio tiempo, y que cambió la semblanza inglesa, por otra meramente castellana, y que habla de un tál "Narizotas", y que es el mismo maese Driscol, en versión apodo, por su contundencia nasal. Su enclave, entre lo castellano y florentino de una de las más bellas plazas del país, frente a la desafiante figura de Juan Bravo, el defensor del pueblo, en su época y cuya factura pertenece al escultor local Aniceto Marinas. La románica iglesia de S.Martín pone el broche a tán bello escenario. Por cierto, os sugiero, si vais a comer al "Narizotas", paseis a visitar este templo, uno de los más importantes de la ciudad. Allí mismo bendicen unos vinos, que figuran en la carta del restaurante. Tallas de Gregorio Fernández, Mena, Juni y otros; también algún enterramiento, como el del matrimonio Herrera, -unos nobles al servicio de Enrique IV, el coro y un barroco altar mayor, que a esas horas refulgen sus doradas luces entre la tenue oscuridad medieval del templo.
Una vez esteis sentados, en el local, percibiendo la agradable estética, una música que está sin estar casi, las paredes abigarradas de arte contemporáneo, y el sosiego propio de un lugar tán único; dejaros aconsejar por Angel Peña, jefe de sala, sumiller y auténtico "alma mater" del restaurante. Aunque la carta es extensa, variada y siempre tiene alguna sorpresa, con imaginación y humor, tales como sus famosas "manos izquierda y derecha", Angel acertará, y sabrá complaceros al máximo. Los platos están presididos por la calidad del producto, elegancia y una presentación de alto nivel estético. La cocina del "Narizotas" ha sabido refrescar, la consabida gastronomía segoviana, aportandole un aire fresco, versátil y dinámico. Ni que decir tiene hablar de sus postres, -sólo por ellos, merece la pena la visita-.
Disfrutareis de una comida o cena, repleta de encantos, entre familia, con amigos, en pareja, y sobre todo podreis hacer ese estupendo viaje interior hacia los estigmas de la historia, aunque sólo sea durante unas horas, en tán singular lugar......

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